Por Guillermo Robles Ramírez
Este domingo pasado, el primero de marzo, muchos de nosotros ni nos dimos cuenta. Fue un día más en donde el sol salió, la gente barrió la banqueta, algunos fueron al tianguis y otros se quedaron en la cama un rato más.
El Día de la Familia pasó como un susurro, sin pena ni gloria. Y la verdad, ¿a quién le sorprendió?. Algunos hasta piensan que ni siquiera existe, pero contrario a lo que se diga o piensen; todo esto empezó hace 20 años atrás.
Fue en 2006, durante el gobierno de Vicente Fox, cuando publicaron el decreto en el Diario Oficial. La idea sonaba bonita en el papel; declarar el primer domingo de marzo como Día Nacional de la Familia para “fortalecer el núcleo básico de la sociedad”, reflexionar sobre valores, unir a la gente. Hasta parecía un gesto noble. Pero con el tiempo uno se da cuenta de que, como tantas cosas en este país, se hizo al vuelo, sin plan serio, casi como quien dice “a ver qué pasa”.
Algunos lo llaman “cortina de humo” para tapar los problemas que ya se venían encima con la guerra contra el narco que pronto estallaría con Calderón. Otros simplemente lo ven como un intento bien intencionado que nunca tuvo gasolina para seguir andando. El caso es que, en la práctica, ese domingo se convirtió en lo que siempre termina siendo: un día cualquiera.
No cayó del cielo la conciencia familiar, ¿verdad?, eso no funciona así. Ustedes lo saben tan bien como yo. Hace falta algo más que una fecha en el calendario. Hace falta campaña todo el año, programas reales, mensajes que lleguen a la gente común. Pero no.
Lo que vimos este domingo fue lo de siempre; algunas familias se juntaron a comer en casa, otras llenaron un par de mesas en restaurantes… y ya. Ni siquiera los restaurantes reportaron la afluencia de antes. Fue más flojo, más tibio. Como si el día se estuviera desvaneciendo poquito a poco. Y uno se pregunta, ¿realmente estamos logrando algo? o, ¿solo estamos fingiendo que celebramos? Piensen en las familias que sí quisieron reunirse, pero no pudieron.
Las que viven al día, donde todo papá, mamá, los niños tienen que salir a trabajar hasta el domingo para completar el gasto. Para ellos no fue día de descanso, fue otro día más de lucha. ¿Alguien se detuvo a pensar en eso mientras publicaba la foto perfecta de la comida familiar en redes sociales?
En el pasado, al menos los restaurantes se beneficiaban un poco. Pero este año… casi nada. Y no es casualidad. Los gobiernos, uno tras otro, han dejado que este día se quede solo. No hay continuidad. No hay programas permanentes que enseñen valores familiares en las escuelas, en los centros de salud, en las colonias. Nada que realmente llegue al corazón de la gente.
Y mientras tanto, la realidad sigue golpeando fuerte. Miren lo que pasa hoy. Según datos recientes del INEGI, la informalidad laboral sigue rondando el 54% de la población ocupada. Eso significa millones de familias donde no hay seguridad, donde un niño ayuda vendiendo en la calle o una mamá se parte el lomo limpiando casas para que alcance para la comida. ¿Cómo les vas a pedir que celebren “el valor de la familia” cuando apenas les alcanza para sobrevivir?
Y ni hablar de las familias que cargan con el dolor más profundo; las que perdieron a alguien por la violencia. Las madres de Ayotzinapa, las que aún buscan a sus hijos desaparecidos, las que lloran a un hermano o a un esposo caído en cualquier esquina del país. Para ellas, ¿qué sentido tiene un día de la familia? Más bien es un recordatorio cruel de lo que ya no está.
En medios de comunicación serios un poco más aquellas que trasmiten en televisión sacan reportajes o las entrevistan a muchas de esas familias. Y siempre sale la misma frase, bajito, casi con vergüenza: “¿Celebrar qué?”.
Porque el gobierno de entonces y los que vinieron después les dio carpetazo a tantas tragedias. Se quiso pasar la página rápido, como si el dolor se pudiera borrar con un decreto. Y la gente común, la que no aparece en las noticias, sigue cargando sola.
Pero no todo es culpa de arriba. También nosotros, como sociedad, hemos dejado que esto se enfríe. Nos conformamos con la foto del domingo y ya. Olvidamos que la verdadera unión familiar se construye todos los días: con respeto, con tiempo de verdad, con pláticas sin celular en la mesa.
El núcleo familiar es donde nacen las personas buenas… o donde, por falta de valores y por pura necesidad, a veces salen los resentimientos que terminan mal. Ya lo hemos visto demasiadas veces.
Por eso, lectores, yo creo que urge cambiar el enfoque. No basta con un domingo al año. Hace falta que gobierno federal, estatal y municipal se pongan de acuerdo en algo serio y permanente, es decir, con campañas reales, programas en las escuelas, apoyo a las familias que más lo necesitan, talleres de convivencia, hasta ayuda económica para que los papás puedan estar más tiempo en casa. Porque es ahí, en la familia, donde se forma el país.
Si el núcleo falla, todo lo demás se tambalea. Imagínenos por un segundo cómo sería México si de verdad invirtiéramos en eso. Familias más unidas, jóvenes con más herramientas, menos gente cayendo en lo oscuro por pura desesperación. No es utopía. Es sentido común.
Este domingo que acaba de pasar me dejó pensando mucho. Fue como ver un viejo amigo que ya casi ni saluda. El Día de la Familia se está desvaneciendo porque nunca lo alimentamos de verdad. Y mientras no hagamos algo diferente, seguirá siendo solo un nombre en el calendario. Ustedes ¿qué opinan? ¿Sienten lo mismo cuando llega marzo? Yo solo espero que el próximo año, en vez de pasar desapercibido, este día nos encuentre un poquito más conscientes… y un poquito más dispuestos a hacer que la familia importe todos los días, no solo un domingo que, de a poco, se nos va escapando entre los dedos. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org











