El Gattopardo
Cada vez son más las voces que se alzan contra la imposición de la agenda “progresista” o “woke” en la cultura occidental. Desde las críticas a cantantes masculinos ataviados con indumentaria femenina como Bad Bunny, Sam Smith y Harry Styles, hasta el hartazgo por la inclusión forzada en el cine y la televisión, además de las adaptaciones -que lejos de serlo, son realmente tergiversaciones- de historias clásicas, con el fin de complacer a una de las minorías más influyentes y violentas del mundo moderno, un verdadero lobby que, abanderando supuestas razones de justicia social y tolerancia, paradójicamente censura y hostiga a todo aquel que piense y opine distinto.
Punto culminante de lo anterior ha sido la nueva -y esperemos que última- gran apuesta “progresista” de Disney: el lanzamiento “live action” de Blancanieves, cuento de los Hermanos Grimm cuya adaptación a la pantalla grande en 1937 supuso no solo un hito en la historia de la animación, sino que catapultó a los estudios a la fama y prestigio de los que todavía gozan, pese a la serie de fracasos en taquilla que va acumulando, precisamente por su obstinación de cambiar la etnia de los protagonistas, y de reinventar a los personajes de acuerdo con la ideología progresista.
Apenas se anunció que la nueva versión de la historia de amor con la que muchos de nosotros crecimos, sería protagonizado por Racher Zegler, la actriz estadounidense de ascendencia colombiana se caracterizó por su actitud arrogante y por declarar que la película sería “moderna”, “feminista” y “adecuada a los tiempos actuales”, lo cual predispuso a un público ya de por sí fastidiado por la pésima adaptación de otro clásico, “La Sirenita”, con una intérprete afroamericana para un personaje cuya vida transcurre en Dinamarca, nación étnicamente blanca.
A la par de las polémicas declaraciones de la protagonista, se sumó que los famosos y entrañables siete enanos del cuento no serían interpretados por actores de talla pequeña, sino que se generarían con tecnología CGI, es decir por computadora; lo cual sí que hubiese representado un acto de verdadera inclusión, por no decir de una oportunidad laboral para siete actores con estas características, lo que sí ha ocurrido en otros filmes de renombre, como la saga de Harry Potter, por decir un ejemplo.
Con estos y muchos más antecedentes, el tráiler de la película generó un tsunami de comentarios negativos que sacudieron las redes sociales: En Facebook, Youtube e Instagram, el público hizo valer su derecho de exigir contenido de calidad, aclarando que el problema no es la diversidad étnica en películas con argumento original, sino la obcecación por cambiar la etnia, el sexo y hasta las preferencias sexuales en muchas adaptaciones de obras ya existentes, acusando una falta de autenticidad entre los guionistas modernos.
En respuesta, los defensores del film y su contenido, más llevados por fidelidad ideológica que por amor al séptimo arte, argumentaron el trilladísimo discurso victimista apelando al supuesto machismo, racismo y hasta xenofobia, comentarios respaldados públicamente por Zegler, quien acusó una campaña de odio en su contra, recibiendo tal cantidad de críticas que llegó a cancelar los comentarios en su página de la red social Instagram.
Apenas el largometraje se estrenó, la lluvia de decepciones se incrementó, haciendo hincapié en escenas como la presentación de una Blancanieves guerrera, mandona rebelde (nada que ver con la dulce y tierna niña que vimos en caricatura), un príncipe blandengue y escenas románticas con un tremendo tufo a feminismo, la inverosimilitud de una bellísima Gal Gadot como la reina malvada que envidiaba la belleza de una actriz que no es precisamente divina, y un cierre que, jocosamente, muchos han considerado el comercial de jabón más caro de la historia.
Los números en taquilla ratificaron la decepción del público: En su primer fin de semana en las salas de todo el mundo, se estima que la película tuvo una recaudación de apenas 88.6 millones de dólares, cifra bastante pobre, considerando que su presupuesto fue de entre 250 y 270 millones de dólares, que podrían alcanzar los 500, por la encarnizada campaña publicitaria emprendida por Disney, para intentar paliar lo que parece, será su descalabro más rotundo y mayor pérdida. Este bombardeo de marketing en las redes sociales, también fue percibido por mordaces usuarios, quienes a través de memes hicieron gala de su creatividad.
Al momento de redacción de la presente columna, el debate en redes sociales continúa; sin embargo, la lección es clara: La sociedad comienza a cobrar valor para protestar contra la imposición de la ideología “woke”, que durante muchos años amordazó a sus críticos, creando una orwelliana “policía del pensamiento”, y apropiándose lentamente de los medios tanto de comunicación, como de entretenimiento, para adoctrinar a las masas.
¿Qué nos espera a largo plazo? ¿Un verdadero despertar social contra la dictadura progresista? ¿O una reacción más virulenta del lobby en el ámbito político y legal para acallar a la disidencia? Pero de esto, hablaremos en otra visita a la Guarida de El Gatopardo.